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22 de abril de 2018

No es este el Paraíso prometido

Los domingos siguen pareciéndome los días estrella de la semana. Sobre todo, las mañanas. El ritmo se ralentiza, se alarga el desayuno y puedes dedicar un tiempo a la música, a la lectura y a practicar la pereza o el bendito arte del remoloneo

Mañana, 23 de abril, es uno de los días del calendario señalados por los lectores. Esta semana se celebra la Feria del Libro en Córdoba y, otro año más, me la he perdido y me reservaré algún día para la de Madrid. Quizá por eso quiero compensarlo trayendo a Ben Clark y su obra Los hijos de los hijos de la ira, XXI Premio de Poesía Hiperión. Dice Ben que es un tributo al año que estuvo en la Fundación Antonio Gala en Córdoba. Y, como me he vuelto egoísta, y quiero tener esta casa llena de cosas bonitas, dejo alguno de sus poemas. Porque es domingo, porque es belleza y porque necesito algo que compense todo lo demás. Suscribo las palabras del poeta:  

<<NO es este el Paraíso prometido
Y, sin embargo ¿quién se ha dado cuenta?>>


XII

LO que viene después de lo peor
es algo muy difuso, algo muy nimio.
Un tiempo que quizás, si no existiera,
tan solo extrañarían los taxistas
que se han acostumbrado con los años
a distinguir perfectamente cuando
tenemos la pupila fracturada,
la frente algo más gris y en las rodillas
un temblor que preludia la avalancha.
Entonces aprovechan - como lo hace
también la vida siempre en estos casos-
y nos cobran más cara la carrera.


III

YO creo que el amor debe existir.
También creo que algún día el amor
recoge en un petate cuatro cosas
y se va -pero no por donde vino-.
Es triste.
Pero no es lo más triste.
Es mucho más terrible que no expliquen
ni en las aulas ni en libro alguno que
el amor, de existir, tiene los pies
ligeros como el aire y no se ve
-lo mismo que la brisa es invisible-
y lo triste consiste en que se marcha
dejándonos inmóviles, los párpados
como embalses resecos de un agosto
juzgado equivocadamente abril.


VII
(Alberca Blues)

NADA da tanto miedo como el frío.
Recuerdo la primera vez que unidos,
respirándonos mutuamente - suerte
de extraña criatura entre la lluvia-
sentimos el poder de nuestro abrazo.

La noche en que sentimos que la noche
nada podía hacer para matarnos.
Que habíamos vencido.

Que el plomo caería desde un luto
altísimo y nosotros allí, como
si nada; como quien oye llover.

Habíamos vencido y como siempre,
siendo primos hermanos la alegría
y el olvido, olvidé el miedo que daba
estar en una calle tiritando,
como estoy hoy sin ti.

Nada da tanto miedo como el frío.

2 comentarios:

  1. Guau, GRACIAS.
    cómo me gusta que me acerques VIDA ;) aunque a veces duela, por que sí, nada da tanto miedo como el frío.
    Un abrazo inmenso

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  2. Me repito, pero... ¡qué bonitas haces siempre las entradas! Y que guay es descubrir cosas nuevas de tu mano. (Si es que hasta eliges perfectas las fotos que acompañan al texto. Necesito un #lidicursillo).

    Leerte siempre me sabe a poco.
    ¡Mua!

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